El 16 de agosto de 2018 nació el Frente Cívico y Social con una convicción: la República Dominicana no necesita fundar otra patria, sino fortalecer la nuestra recuperando los valores y principios que deben sostener una República.

Ocho años después, este aniversario debe servir no solamente para recordar el camino recorrido, sino también para evaluar con honestidad lo que hemos sido capaces de construir, reconocer nuestras limitaciones y, sobre todo, decidir qué hacemos a partir de ahora.

Porque una organización que aspira a transformar la sociedad también debe ser capaz de rendirse cuentas a sí misma.

Durante estos años no alcanzamos la presencia territorial ni el nivel de organización que el desafío exigía. Tampoco conseguimos convertir nuestras convicciones en la fuerza ciudadana que consideramos necesaria para el país.

Reconocerlo no debilita nuestros principios. Al contrario, aumenta nuestra responsabilidad.

Una crisis que va más allá de la política

Una de las grandes dificultades que enfrenta hoy nuestra sociedad es la pérdida de confianza.

La percibimos cuando la palabra pierde valor, cuando el mérito cede frente al privilegio, cuando tenemos la sensación de que la ley no se aplica de la misma manera a todos o cuando justificamos entre los nuestros aquello mismo que condenamos cuando lo hace alguien del otro lado.

Pero esa realidad no representa a todo el país.

La República Dominicana también se sostiene cada día sobre millones de pequeñas acciones que rara vez ocupan titulares: padres que cuidan de sus familias, maestros que enseñan, trabajadores que cumplen con su responsabilidad y ciudadanos que hacen lo correcto incluso cuando nadie los está mirando.

Es sobre esos ciudadanos sobre quienes debemos construir.

¿Qué significa refundar?

Hablar de refundar la República no significa regresar al pasado.

Significa recuperar determinados fundamentos para poder avanzar.

Nuestra propuesta se articula alrededor de cinco principios: Dios, Patria, Libertad, Constitución y Deber.

Dios, entendido desde el reconocimiento de la dignidad humana.

Patria, como una herencia recibida que tenemos la responsabilidad de entregar en mejores condiciones.

Libertad, inseparable de la responsabilidad.

Constitución, como protección del ciudadano y como límite al ejercicio del poder.

Y Deber, como el elemento que convierte los principios en conducta.

Este último concepto plantea posiblemente una de las preguntas más importantes que podemos hacernos como ciudadanos:

¿Qué me corresponde hacer a mí?

Estamos acostumbrados a preguntarnos qué derechos tenemos, qué nos deben las instituciones o qué debería hacer el Gobierno.

Todas esas preguntas son legítimas.

Pero existe otra que no deberíamos olvidar:

¿Qué puedo hacer yo, desde el lugar que ocupo, para contribuir a dejar una República mejor?

De los principios a la acción

Los principios por sí solos no transforman una sociedad.

Necesitan convertirse en formación, organización, servicio, propuestas y participación.

Por eso iniciamos una nueva etapa que hemos denominado la Revolución Cívica.

No hablamos de una revolución basada en la confrontación. Hablamos de una transformación pacífica, democrática y constitucional que no comienza intentando conquistar el poder, sino asumiendo responsabilidad.

No buscamos enemigos. Buscamos responsabilidades.

No queremos convocar al odio. Queremos convocar al servicio.

Y tampoco creemos que la transformación del país dependa de encontrar un salvador. Ningún hombre puede sustituir la responsabilidad colectiva de una nación.

La participación ciudadana también implica defender el derecho constitucional a elegir y ser elegido y estar preparados para llevar propuestas a las instituciones cuando los ciudadanos así lo decidan y las vías jurídicas lo permitan.

El objetivo debe ser contribuir a hacer efectiva la promesa de un Estado Social y Democrático de Derecho: un Estado al servicio de la dignidad humana, con orden bajo la ley, justicia para todos e igualdad real de oportunidades.

Porque la democracia se construye todos los días, pero también debe poder expresarse en las urnas.

No necesitamos ciudadanos que piensen todos igual

Construir ciudadanía no significa exigir uniformidad.

No queremos que todo el mundo piense como nosotros.

No pedimos obediencia ciega.

Y mucho menos queremos construir un proyecto alrededor de una persona.

Lo que sí creemos necesario es algo quizá más difícil: no permanecer indiferentes.

Ante los problemas del país es fácil pensar que una sola persona no puede cambiar nada.

Pero una persona puede iniciar una conversación.

Una comunidad puede convertir esa conversación en acción.

Y una nación puede transformarse cuando suficientes ciudadanos deciden asumir la responsabilidad que les corresponde.

De ahí nace también una idea que consideramos fundamental: la cultura del deber.

No preguntarnos únicamente qué nos deben.

No preguntarnos únicamente qué debería hacer el Gobierno.

Preguntarnos también qué podemos hacer nosotros.

El territorio como punto de partida

Esta nueva etapa no puede desarrollarse únicamente desde discursos, documentos o redes sociales.

Necesita territorio.

Necesitamos escuchar, aprender, organizar y transformar cada encuentro en una tarea concreta.

Para participar no debería importar dónde vive una persona, si posee un cargo, cuánto dinero tiene o si dispone de reconocimiento público.

Lo fundamental es la decisión de comenzar.

Organizar una comunidad. Participar. Escuchar. Proponer. Servir.

La transformación nacional no comienza con una promesa. Comienza cuando un ciudadano decide involucrarse.

¿Qué diremos cuando nos pregunten qué hicimos?

Existe una pregunta que probablemente debería acompañarnos durante todo este proceso.

¿Qué responderemos cuando nuestros hijos nos pregunten qué hicimos ante el deterioro de las instituciones o ante el crecimiento de la resignación?

Ojalá podamos decir que no escogimos la indiferencia.

Que no esperamos permanentemente a que otro comenzara.

Que nos encontramos.

Que nos escuchamos.

Que nos organizamos.

Y que servimos.

La patria que recibimos no está terminada.

Cada generación recibe una parte de su construcción y tiene la responsabilidad de cuidarla, corregir aquello que deba corregirse y entregarla mejor a quienes vienen detrás.

Hace ocho años comenzamos un camino de conciencia.

Hoy queremos avanzar de la conciencia a la acción.

Y esa transformación no será obra de un libro, de un hombre o de una organización.

Será obra de ciudadanos.